“¡No mames, no mames, qué hago!”, me dije en voz alta antes de abrir la puerta para salir del baño, justo después de que mi mente se dio cuenta de que el estruendo que vino de afuera no sonaba a un montón de charolas que se cayeron al mismo tiempo como creí. Tras aquel horrible ruido hubo una serie de gritos por parte de los comensales que le dieron un significado bélico a lo que escuché.

“Es un disparo, es una balacera, es una masacre”, en ese orden de ideas mi mente concluyó que no podía quedarme ahí, que tenía que salir; yo no quería morir en el baño de un restaurante. Tal vez lo que debía hacer era tirarme al suelo, pero no lo hice, hice lo más pendejo: salí a ver qué.

“Ubica una salida trasera”, pasó por mi mente mientras empujaba la puerta de resortes que separa el área del lavamanos y la sala del lugar. “Tal vez si me escondo en la bodega de limpieza salve mi vida”, pasó por mi mente mientras sentía la adrenalina en mi estómago.

“No puede ser, no quiero morir, ¿por qué ahora, por qué en Guadalajara?”, estaba en la etapa de negación del problema, cuando de a poco salía del pasillo esperando ver lo peor. Al llegar al área central, la realidad iba dibujando la escena ante mis ojos; sentía los latidos en la garganta.

“¡Bravoooooooo!”, celebraban un grupo de personas a un festejado, al que una bolita de meseros sorprendieron con algo que llevaba bengalas y que al parecer explota cuando se enciende. No sé qué estalló, ya ni me fijé. “Hijos de su chingada madre”, grité en mis adentros mientras pasaba junto a ellos y me sentaba en una mesa lejos de ellos.

“Su carne en su jugo, caballero”, dijo el mesero. Agarré un totopo bien embarrado de guacamole y frijoles con mi mano en modo vibrar. Los ojos llorosos, la hiperventilación y esa sensación de recién vuelto a la vida no se me quitaron hasta que acabé con el platillo y me fui.

Esto pasó un par de días después de que un menor atacó con un arma de fuego a su profesora y compañeros de clases, para luego dispararse él mismo, en un colegio de Monterrey. Un día en que maldije: “Pinche miedo, pinche paranoia, pinches cosas que a nadie le deberían pasar”.

Fotografía: Foursquare