El «Pájaro de Fuego» que no alza vuelo

Ave, estrella o avión, este monumento a primera vista parece sufrir la misma desolación e incomprensión de las vías del tren que por allí pasan. Sin embargo, mirado con más detenimiento, este producto de la "arquitectura emocional" de Mathias Goeritz se compenetra y vuelve parte de las historias y emociones que se viven en sus alrededores

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«El Pájaro de Fuego», de Mathias Goeritz. Fotografía: Gustavo Alfonzo

Sus alas están abiertas y su mirada y pico puestos en el cielo. Está preparado para elevarse en las alturas, pero eso jamás sucederá, ya que –como todo monumento– no es más que la materialización inerte de una idea, no un ave de verdad.

Es el Pájaro de Fuego, la monumental escultura de concreto de Mathias Goeritz que para muchos en Guadalajara podría parecer de todo menos un ave. Y para probarlo fui hasta donde se erige, justo en el cruce de las avenidas Arcos e Inglaterra.

Llegué en bicicleta y frené en seco en mitad de las vías del tren, las que cruzan la ciudad de sureste a noroeste y cuyos alrededores se convierte en tierra de nadie.

Entonces volteé hacia los dos horizontes que el camino de «La Bestia» permite vislumbrar hacia los confines opuestos de Guadalajara, y los rieles me parecieron infinitos.

En medio de esa infinidad metálica, a un costado, está el monumento de 15 metros de altura que irrumpe en el paisaje urbano, con el mismo tono de amarillo que tienen los balizamientos en las calles.

Su presencia es como la de un marcatextos que busca evidenciar la entrada del fraccionamiento Jardines del Bosque; esa sigue siendo la intención que su autor, el artista polaco Mathias Goeritz, tuvo cuando la creó entre 1956 y 1957.

En ese entonces, el arquitecto tapatío Luis Barragán fue el encargado de construir la nueva colonia tapatía que se escapaba de la retícula urbana del poniente de la ciudad, impulsada poco después de los tiempos de la Revolución.

Fue él quien encargó a Goeritz dicho monumento urbano, pues entendía que en su obra había algo que el europeo postuló como «Arquitectura emocional», que se trataba de un discurso ético sobre la creación de su arte y que podía incidir en el diseño urbano de esta zona.

Foto: Gustavo Alfonzo

Pero más allá de la historia de esta obra abstracta y geometrista, ¿qué emociones perduran en derredor de la gran ave a 65 años de distancia?

Veía la obra y a la par la indiferencia de los automóviles, peatones y ciclistas que no se inmutan cuando pasan por aquí. «¿Acaso sabrán qué significa esta esculturota?», me pregunté, mientras la cámara de mi celular apuntaba al monumento.

Entonces el aire se tensó. Sentí ojos que no veía y los escrúpulos me ganaron; así que preferí guardar el teléfono. «Ahorita no quiero problemas, no quiero verme placoso», me dije.

Y quizá no hubiera tenido complicación, pero a tan solo un kilómetro de allí –siguiendo las vías hacia el sureste– está Pueblo Quieto, el punto que está en el ojo del huracán del crimen organizado y donde la prensa ha reportado cómo aprovechan la desolación de la zona para hacer los crímenes más inhumano.

Empecé a pedalear y pensé que había encontrado una respuesta: «aquí se vive una emoción de miedo».

Pero tan solo un par de metros después el propio ajetreo del tráfico, las fonditas de comida corrida que están en la esquina del cruce y el arbolado Parque Constelación, donde anclé la bici, me arroparon con los bríos de paz que da la seguridad de caminar alrededor de este Pájaro de Fuego.

Regresé caminando y mientras me acercaba, noté cómo a un costado de las vías, debajo de los frondosos árboles, un hombre de sudadera roja hurgaba entre la basura. O más bien, un gran lote de pertenencias de las que alguien se deshizo.

De forma vehemente y con mucho detenimiento sacaba listones, zapatos, botes, flores, ropa , para ponerlas en un carrito de supermercado abarrotado de lo que yo supuse era su vida. Luego se fue satisfecho pasando por debajo del Pájaro.

Foto: Gustavo Alfonzo

Asumí que tras lo que vi había otra respuesta a la emoción que alguien puede sentir aquí, que es la satisfacción de encontrar un tesoro.

Minutos después de que el hombre se alejara también quise pasar por debajo del monumento, y al verlo desde allí fingí que no sabía lo que éste representaba: «¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¿Un rayo?», me cuestioné.

Recordé incluso que en alguna parte leí que cuando esta obra se develó no era amarilla, sino rojo bermellón; quizá para remitir a la idea de su nombre: «de fuego».

En lo alto, un grupo de palomas reposaba y el azul celeste de la tarde contrastaba de forma increíble con el amarillo. Me di cuenta que a unas cuadras de distancia una estructura arquitectónica más alta venía a reclamar parte del cielo de la colonia Jardines del Bosque: un nuevo edifico de departamentos cuya codiciosa manta avisa (o advierte) que 75% de los mini lujosos hogares ya están vendidos.

Una mujer y dos niños caminaron hacia donde estaba y mi presencia les rompió la concentración, porque la curiosidad me hizo preguntarles que si sabían lo que este monumento significaba.

Uno de los pequeños no dudó: «Es una estrella o un rayito. Se me hace bonita, pero más si no estuvieran los grafitis».

La mujer se sintió apenada, como si el niño hubiera errado en su respuesta: «Ay, hijo…», le dijo con una sonrisa corta por nerviosismo.

Pero no, lo que el niño contestó fue justo lo que quería saber que le significaba a alguien que camina por aquí, una persona que no tiene por qué saber sobre arte público, sino simplemente vivirlo.